Comentario
Elías estuvo dispuesto a esperar al Señor. Permaneció abierto a
todas las manifestaciones acostumbradas. Después de todo, la
primera manifestación del Señor en el Monte Sinaí estuvo
acompañada de grandes estruendos y humo. Era natural que Elías
esperara alguna conmoción de la naturaleza, un profundo temblor y el
gemido de la tierra dando testimonio de la asombrosa e imponente
aparición de Dios. Pero Dios no está en el terremoto, ni en el huracán,
ni en el fuego. No; Dios se hace presente en la brisa más suave.
Contenernos la respiración mientras contemplamos a Elías
esperando. Produce una serena satisfacción y alegría ver cómo Elías
reconoce la presencia del Señor y responde a ella. Elías, el profeta que
no dejó escritos, es verdaderamente un hombre de Dios. Estaba en la
presencia del Señor y lo sabía. Es un profeta digno de ser escuchado.
Ahora pasamos a otro relato en el que interviene un fenómeno
natural. En este aspecto, se asemeja a la primera lectura. En aquella,
Dios es la figura central y Elías es el objeto de su atención. En el
Evangelio, Jesús ocupa el centro y Pedro es el objeto de su atención,
y también de la nuestra. Mateo, Marcos y Juan narran el episodio de la
tempestad en el mar. Los tres presentan la impactante imagen de una
pequeña barca sacudida por los fuertes vientos. Sin embargo, los
relatos difieren en aspectos importantes. Marcos y Juan presentan a
Jesús caminando sobre las aguas hacia la barca, mientras Pedro
permanece en ella. También los finales de los tres relatos son
distintos. Los discípulos quedan asombrados y sin palabras. Solo
Mateo presenta a Pedro actuando y hablando. Jesús llama a Pedro
para que vaya a su encuentro sobre las aguas. Pedro camina sin
dificultad mientras mantiene la mirada fija en Jesús; comienza a
hundirse en el mismo instante en que dirige su atención hacia sí
mismo. Sin perder un instante, Jesús extiende la mano y sostiene a
Pedro. Además, Jesús señala la causa de que casi se ahogara:
“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mateo 14,31). Pedro no
responde. Jesús sube a la barca y el viento se calma. Entonces los
apóstoles hacen su profesión de fe: “Verdaderamente tú eres el Hijo
de Dios”.